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ENTRE SOMBRAS

Era otra sombra m?s que, al amparo de la oscuridad, se abr?a paso entre los tejados
de la ciudad dormida. Una media luna menguante rasgaba el cielo, pero nadie observ? las
sombras que se proyectaron en los edificios pr?ximos ni oy? resbalar los pasos sobre las
c?pulas doradas de Nathamy?e. En otro tiempo fue capital del imperio, aunque hoy solo la
presencia del palacio imperial recordaba la solemnidad de su pasado glorioso. Sus dependencias
guardaban otro vestigio de no menos valor, la hija ?nica del emperador dorm?a pl?cida en la
sala alta de la torre, custodiada por la guardia que su padre destin? a tal misi?n.
La antigua capital ocupaba un enclave privilegiado y, desde su otero estrat?gico,
dominaba el estrecho de Isla Dhizdo, paso obligado al puerto de El Piergel y otras ciudades
costeras. All?, es frecuente en esta ?poca el viento del sur que trae el calor que las dunas
del desierto almacenaron durante el d?a y, desde lo alto de la torre, puede avistarse la
costa cercana, al tiempo que se deja notar la brisa suave que inunda la estancia donde
descansa la princesa, rendida, tranquila y ajena
a las sombras
que cruzan la noche.
Una de esas sombras se descuelga por la cornisa y, sigilosa, se adentra por la
ventana en la habitaci?n. Un brillo met?lico delata el arma que empu?a y, por breves instantes,
cobra forma humana confundida entre los visillos. En la noche c?lida la brisa costera mece
los visillos transparentes que se adhieren al cuerpo del hombre que empu?a la daga y de
la otra sombra que, momentos atr?s, acechaba oculta. Tampoco se oy? ni un grito, solo el
deslizante filo entre los visillos y el hombre de la daga cay? desplomado torre abajo. El
estr?pito del arma no desvel? el sue?o en Palacio y, con el mismo sigilo que lleg?, la primera
sombra desapareci? sobre las azoteas antes de que el alba despuntara vigilante.
Ya entraba la claridad del d?a entre los visillos salpicados de sangre cuando
las voces, desde la calle, sacaron del sue?o a la princesa. Se incorpor? y, asustada
por las manchas, apart? los visillos para asomarse y contemplar la fuente de tanto
esc?ndalo. Abajo, la guardia imperial se cern?a sobre el cad?ver inerte del fallido
asesino. Al rato, otra secci?n de oficiales irrumpi? en las dependencias de la princesa,
aliviados al comprobar que no hab?a peligro. Fue entonces cuando la joven repar? en el
objeto posado sobre la mesa, junto a la cabecera de su dormitorio, lo sujet? entre sus
manos y con curioso detenimiento observ? al protagonista del que tanto hab?a escuchado hablar
a su padre... El c?liz sagrado de Rankha de nuevo regresaba a Palacio y con ?l las bendiciones
de su significado secreto. Sin duda, vientos nuevos se un?an a la suerte del imperio en
inmejorable presagio. Por fin las mujeres volver?an a reinar y ella podr?a ocupar el trono
de su padre, el Emperador.
Entre las gentes de Nathamy?e se divulg? r?pido el rumor del atentado y, tambi?n,
la sucesi?n al trono de su nueva emperatriz. Para entonces, los guardias de Palacio
controlaban las calles, extremando las medidas de seguridad, en previsi?n de posibles focos
insurrectos. ...Pero El Monta??s ya estaba de nuevo a bordo del bajel, la promesa quedaba
cumplida, aunque su viaje no terminaba ah?. Ma?ana continuar?a rumbo entre las islas, por
fin sin obst?culos hacia el continente. El Monta??s aprovech? la espera para descansar.
Mientras, se dejaban caer las primeras sombras de la tarde.
Luis
Tamargo.
 
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