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JUSTA VENGANZA

Resultaba extra?o encontrar a El Monta??s entre el bullicio de las calles y los
comercios de la ciudad, pero si estaba en Digon, sin duda, se deb?a a un buen
motivo. Eran las fiestas de la comarca y la ciudad se engalanaba de llamativas
carrozas y gentes elegantemente ataviadas. No faltaban los rodeos, las carreras y
doma de caballos ni tampoco las ferias y los concursos de baile entre el olor de
alcohol y ganado. En la plaza central, a duras penas, el alguacil estaba dando lectura
a los finalistas de la prueba de doma, pues el griter?o de la muchedumbre apenas le
dejaba escucharse a s? mismo. Uno de los nombres que pronunci? entre los
seleccionados para la prueba final, que se celebrar?a a la ma?ana siguiente, a El
Monta??s no le pas? desapercibido. S?, el rancho de Jota M?ndez, como por all? era
conocido, era uno de los m?s grandes y mejores de todo el llano, aunque su cuadrilla
ten?a merecidamente ganada la fama de camorrista. Por eso procuraban respetar el
entorno del rancho Jota Eme,
nadie deseaba
acarrearse problemas.
Hace ya muchos a?os que Jota M?ndez y ?l se encontraron, tantos que ya no le
reconocer?a. Por aquel entonces, El Monta??s no ten?a barba, pero su experiencia en
la doma y como acarreador de ganado era de una val?a reconocida y admirada, a
pesar de su juventud. Conoci? a Jota Eme casualmente, necesitaba llevar dinero
extra a casa y el nuevo rancho de los Erre Garc?a le contrat? para trasladar una
considerable partida de reses desde el oeste. Jota Eme era el nuevo capataz y, desde
el principio, algo puso en alerta a El joven Monta??s, pues sus eficaces maniobras,
propias de profesional abnegado, no eran bien acogidas. S?, hace demasiados a?os
que El Monta??s ya no practica la doma ni juega a las carreras... Tan cierto como
que tampoco es amigo de bromear.
Con el paso del tiempo da la impresi?n de que hoy existe as? desde siempre y a
nadie le importa rebuscar en la memoria para hallar aclaraciones perdidas, sobre
todo si preguntar significa crearse conflictos. Por eso a nadie parece interesarle por
qu? el rancho Jota Eme se edific? en el mismo solar y sobre parte del antiguo rancho
de los Erre Garc?a. En efecto, el nuevo rancho doblaba en extensi?n las fincas
ocupadas del antiguo y, all?, Jota Eme ten?a su guarida, sus cuadras, sus
incalculables fincas.
El Monta??s nunca tuvo rancho, tan solo una caba?a que mantener. Eran otros
tiempos, ten?a mujer y un ni?o, por lo que su trabajo era el ?nico sustento y es por
ellos que se preocupaba en realizarlo lo mejor que sab?a. A nadie import? cuando
Jota Eme le despidi? del rancho, no sobraban buenos jinetes, pero ?l parec?a estar
de sobra al no encajar con algunos soslayados intereses. Fue duro, s?, pero a El
Monta??s nada le ata ahora ni tampoco le faltan arrestros frente a la cat?strofe de
cualquier ?ndole. Ya hace muchos a?os tambi?n que recorre senderos inexistentes
entre montes y veredas inh?spitas, con la sola compa??a de rapaces y reptiles, por lo
que sonr?e para sus adentros al comprobar c?mo hay caminos invisibles que nos
traen y nos llevan obedeciendo quiz?s a misterios insospechados.
En la oscuridad de la noche nadie se percat? de la sombra que cruzaba el rancho,
sigilosa, tal vez un gato mont?s, mejor dejarlo marchar... Cuando el resplandor de
las llamas ilumin? el cielo ya era tarde, las cuadras ard?an con violencia inusitada y
algunos caballos que lograron escapar corr?an despavoridos saltando todo cercado.
Las reses igualmente arrasaron contra todo obst?culo que cerraba su paso y
arremetieron en masa contra las instalaciones, desperdig?ndose por las plantaciones.
Los hombres que reaccionaron tard?amente e iban saliendo fuera de las
dependencias eran insuficientes para apagar el incendio, siquiera para controlarlo,
pues se hab?a propagado con la velocidad del trueno...
Cuando lleg? Jota Eme desde la ciudad, despu?s de ser avisado e interrumpido en
pleno festejo de premios, la situaci?n de las cuadras era humeante y, ahora, el fuego
invad?a la mansi?n, arrollando con sus lenguas ardientes puertas, ventanas y todo
cuanto encontraba a su paso. El rostro del capataz se desfigur?, sin atinar a
preguntar c?mo o d?nde. Nada quedaba de su hacienda, ni cuadras ni ganado, nada
peor pod?a superar aquella ruina... Al menos, gracias a la feria, los mejores caballos
quedaron en la ciudad, pero aquel consuelo dur? menos que una hoguera. El
siguiente aviso lo trajo un jinete desde Digon, las casetas de las fiestas eran pasto de
las llamas, de un infierno que de s?bito y por desgracia solo invadi? las pertenencias
de Jota M?ndez. Por si fuera poco, adem?s, la yegua finalista del capataz hab?a
aparecido muerta, a todas luces envenenada. Las fiestas de aquel a?o se recordaron
durante largo tiempo y, lejos de la consternaci?n, algo dec?a a las gentes temerosas
del lugar que ni siquiera Jota Eme, a pesar de su mala reputaci?n, era intocable...
Al menos estaba con vida, deber?a estar agradecido. ?l no tuvo rancho ni cuadras
ni caballos costosos sino una caba?a, mujer e hijo, pero al menos estaba vivo, estaba
contento.
...La sombra del jinete que cabalg? aquella noche sobre el lomo de Cerro Colorado
se proyect? afilada, prolog?ndose hasta un amanecer claro y limpio de nubes, lejos
de la ciudad.
Luis
Tamargo.
 
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