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M?S ALL? DEL BOSQUE

No pod?an avanzar m?s r?pido. La cojera del compa?ero les retrasaba el paso, aunque
cada d?a recorr?an varios kil?metros. No es que se conocieran de toda la vida, apenas cuatro
a?os atr?s, pero la cala?a de sus tropel?as los hab?a unido mucho m?s all? que las esposas que
atenazaban sus mu?ecas. Primero fue el desfalco aquel en el Banco donde coincidieron, despu?s
otro y otro m?s, hasta que fueron encarcelados. Quiz?s demasiado j?venes para estar dispuestos
a pasar el resto de su existencia entre rejas, s?, por eso lo decidieron durante el trayecto
que los conduc?a a la prisi?n de alta seguridad en Dolbler.
Hab?a que arriesgarse.
Se deshicieron del vigilante que los custodiaba, estrangul?ndole entre sus esposas
y, antes de que el otro soldado, que esperaba en el vag?n contiguo, lo percibiese,
saltaron... El tren se adentraba ya en los t?neles que atraviesan la gran cadena monta?osa y
a?n pudieron escuchar su pitido, mientras ca?an puente abajo. Fue una ca?da limpia, desde
m?s de veinte metros de altura, hasta el cauce caudaloso del embalse salvador que les acog?a.
Sin embargo, en la orilla el compa?ero ya se quej?, tal vez una mala posici?n de las piernas
al entrar al agua, pero el pie izquierdo se qued? resentido.
Caminaban despacio, intercalando breves descansos que cada vez se prolongaban cada
menos tiempo. Dentro del bosque, el hallazgo de la caba?a de un trampero les sirvi? de
consuelo y supuso la reposici?n de v?veres para unas cuantas jornadas m?s. As?, llegaron a
las monta?as.
En su hu?da, a veces, instintivamente echaban la vista atr?s. Hab?an transcurrido
varias semanas desde su fuga y, tarde o temprano, casi esperaban encontrarse con la patrulla
que habr?a ya salido en su b?squeda. As?, siguieron camino seguro por la l?nea que separaba
el bosque de la monta?a. Desde lo alto pod?an observar si alguien se acercaba y siempre ten?an
el bosque a mano para adentrarse y escapar.
Lo que nunca imaginaron fue que solo un jinete apareciera en el horizonte tras
ellos y, hasta cab?a en lo posible que ni siquiera formara parte de la patrulla. Lo observaron
desde lejos en su lento cabalgar, se dir?a que impasible, hasta que estuvo lo suficientemente
pr?ximo para alcanzarlo de un disparo... Lo que hubieran dado entonces por un arma! El
jinete detuvo su marcha, obedeciendo a un sexto sentido al que solo son capaces de atender
los expertos en el terreno. Y permaneci? all?, en pie junto a su montura, inm?vil.
Precisamente, era aquella inmovilidad lo que les inquietaba cada ma?ana. Hubieran avanzado
m?s o menos durante el d?a entero, a la ma?ana siguiente la silueta oscura de aquel endiablado
jinete permanec?a quieta, siempre a la misma distancia. No hab?a lugar a dudas de que
sab?a de su presencia, pero aquella persecuci?n calculada les obligaba a cambiar su
estrategia. Ahora m?s que nunca hab?a que evitar los espacios abiertos, ya no pod?an
utilizar el borde rocoso de la monta?a para su hu?da, pues quedaban a la vista de su
perseguidor. Adem?s, tambi?n ignoraban lo que podr?a tardar en aparecer el resto de su
cuadrilla, por lo que se desviaron al interior del bosque. All? podr?an ocultarse, incluso
emboscarse y, quiz?s, si daban con el r?o podr?an huir m?s r?pido y borrar su pista.
Nada m?s adentrarse en el bosque volvieron a oir aquellos aullidos escalofriantes.
Los hab?an escuchado ya anteriormente, cuando dorm?an en la monta?a y contemplaban la
frondosidad del arbolado desde lejos, pero ahora no quedaba otra salida. Las ansias por
adelantar camino y la torpeza del compa?ero para sostenerse en pie dificultaban la marcha
entre la vegetaci?n. Cuando volv?an la vista cada hilera de ?rboles parec?a un jinete y
resultaba in?til distinguir la direcci?n de los ruidos. En el bosque todo hablaba, la madera
que cruj?a a su paso, las copas repletas de hojas que remov?a el viento, las aves alarmadas
por los extra?os y aquellos aullidos, tremendos lamentos que sobrecog?an... Les result?
imposible reconocer entre la maleza las hordas de atacantes que se les echaron encima. Ca?an
de las ramas altas y surg?an de la espesura como un enjambre salvaje que, en un instante y
sin oposici?n, les redujo. A los fugitivos nadie les cont? de los guerreros Colchalkes,
nunca oyeron hablar de la fiereza de aquella especie aparte de hombres que en el idioma de
la selva se hac?an llamar ?lobos del bosque?, aunque parec?an adivinarlo a juzgar por las
pinturas y, sobre todo, por sus gestos bruscos y agresivos.
Casi fueron arrastrados hasta el poblado Colchal, en un claro del bosque. El
compa?ero gritaba de dolor, pero pronto ces? el sufrimiento cuando un golpe certero de hacha
le parti? el cr?neo. El otro, horrorizado, contempl? el hacha de piedra
levantarse en el aire... Pero el guerrero qued? inm?vil, mientras se volv?a al tiempo
que el grupo. El Monta??s atravesaba con calma la linde del bosque sobre su montura
cobriza, hacia la ladera rocosa... El jinete silbaba una melod?a ininteligible. Cuando
su figura iba a desaparecer ante la monta?a ahuec? las manos y, llev?ndolas en torno a la
boca, emiti? el aullido aquel que el valle devolvi? en ecos. Los Guerreros del bosque
respondieron aullando al un?sono... Luego, el hacha cay? implacable.
Luis
Tamargo.
 
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