OTRO CAP?TULO DE EL MONTA??S

Otro Cap?tulo de El Monta??s

  No era la primera vez que utilizaba el paso oriental, la antigua ruta que un?a el norte asi?tico con los bosques americanos, pero s? lo era atravesarla en pleno invierno. Durante los ?ltimos meses hab?a compartido correr?as con otro trampero lap?n, un experimentado ind?gena que tambi?n acus? las ventajas de estar bien acompa?ado en ?pocas dif?ciles. La destreza con el cuchillo y la afinada punter?a en el tiro les permiti? sobrevivir en las duras condiciones que el temido invierno all? impon?a. Adem?s, los aires de guerra que asolaban la regi?n creaban a?n menores expectativas de futuro. Sin embargo, la oportunidad del negocio con los renos que surgi? casualmente quedaba mermada si ten?an que participar ambos, no daba para tanto y, all?, las oportunidades no pod?an deshecharse, RELATOS El Monta??spues significaba errar el tiro.
  A la ma?ana siguiente le despertaron los disparos y el bullicio de las calles. En la choza no quedaba ni rastro del compa?ero ni de sus enseres. Hab?a desaparecido y se hab?a llevado tambi?n su caballo y silla inclu?da. El Monta??s apret? con rabia el fusil con el que dorm?a y sali? a la calle. El humo que levantaban los ataques y los saqueos entre la poblaci?n obligaban a la hu?da inminente. Hubo de cruzar la frontera a pie, evitando los caminos donde se ocultaban los bandoleros prestos al pillaje. Tard? semanas en bordear monta?as, d?as enteros en escalar sus riscos, hasta llegar por fin a los hielos. Mucho antes ya empez? a dejarse notar el fr?o. No fue dif?cil hacerse de un trineo, gracias a su habilidad con el hacha los le?adores no despreciaron la ayuda de un par de fuertes brazos voluntariosos.
  El paisaje ahora era blanco brillante por los cuatro costados y a?n pudo toparse camino al gran lago con las pistas heladas, que hac?an da?o con solo mirarlas. En medio de una de ellas, desde la distancia, pudo reconocer a un viejo conocido... El hielo hab?a cedido al paso del lap?n que, hundido con el peso de toda su mercanc?a, tend?a la mano desesperada en se?al de auxilio. La g?lida grieta ya se hab?a tragado su trineo y parte de los perros. El Monta??s no quiso mirar atr?s, indiferente y distante, prosigui? su marcha adelante intentando eludir el borde lateral de la pista central. Ser compa?ero es una palabra muy seria y ?l era poco amigo de hablar en vano. Ni le import? ni acab? de ver c?mo la mano r?gida de su antiguo compa?ero se sumergi? al tiempo que el ?ltimo de los perros.
  Le observaron como a un loco a su llegada al campamento de Tsulum, el puesto m?s avanzado al norte. Nadie en su sano juicio recorrer?a en solitario la estepa congelada, por lo que su haza?a le granje? la confianza de los gu?as. Despu?s de un d?a de descanso se puso nuevamente en marcha acompa?ado esta vez de tres trineos, los de los gu?as que tambi?n se dirig?an al estrecho. La traves?a fue igualmente dura y los perros llegaron exhaustos a la otra margen. El siguiente tramo monta?oso fue preciso hacerlo a caballo, pues hab?a que recorrer los sinuosos senderos nevados entre la roca. Al reemprender el viaje, el celaje que iba cobrando la ma?ana no hac?a augurar una f?cil jornada y el cielo cobr? el color oscuro del final de la tarde, como si no hubiera amanecido. Los gu?as miraron hacia arriba, en direcci?n de donde soplaba el viento helado, sin poder disimular el gesto de preocupaci?n por el temporal que se cern?a sobre los cuatro jinetes. De inmediato, una endiablada ventisca pareci? adivinar sus temores y vino a sumarse a las complicaciones, impidiendo vislumbrar el camino que deb?an seguir delante suyo. Casi al borde del precipicio se detuvieron intentando hacerse entender mediante se?as, era necesario resguardarse y esperar. Sin embargo, un tremendo estruendo irrumpi? brusco, seguido de un imprevisto alud que arrollaba todo a su paso. Apenas hubo tiempo para maniobrar, la nieve se llev? de un golpe hombres y caballos confundidos en la nieve, sepultados en aquella muerte blanca. A El Monta??s le sonri? mejor fortuna, la avalancha le hizo sobrevolar las copas del bosque que descansaban precipicio abajo y su cuerpo choc? contra las ramas de los ?rboles antes de caer al tapiz acolchado del fr?o suelo.
  No recobr? el sentido hasta varios d?as despu?s, en la tienda de la vieja india Gundira, que velaba el cuidado de sus heridas. Y todav?a tard? m?s en articular palabra. Desconoc?a la lengua de los Shumsira, pero sobraban gestos para darse cuenta de que la hospitalidad que le regalaban obedec?a a un precio previamente pactado. Durante la noche y cuando la vieja Gundira sal?a al poblado para atender las tareas del d?a, su nieta se acostaba junto al cuerpo entumecido de El monta??s y le daba calor. El trampero fue as? recobrando fuerzas y pudo descubrir el oculto trato que la vieja persegu?a. Su inter?s consist?a en aprender la t?cnica de los nudos para las trampas y en especial para la pesca, se lo hab?a visto hacer a los europeos. Al monta??s no le disgust? el trueque, lecho y alimento a cambio de trampas y pescado. Aunque a?n manten?a un brazo en cabestrillo casi se divirti? mientras duraron la ense?anza y pr?ctica de sus artima?as de trampero.
  Una ma?ana se desprendi? de los vendajes que le hab?an atenazado el brazo, repuesto por el ung?ento de la vieja india, liberado y dispuesto a utilizar ya ambas manos. Aquel hecho supuso, sin embargo, el fin de su placentera convalecencia. La vieja Gundira empu?? la lanza con una fiereza exagerada para su edad y, con la punta amenaz?ndole el pecho, puso fin obligado a su estancia en el poblado. El Monta??s se alej? a lomos de su montura, regalo de los indios Shumsira, una yegua cobriza a la que llam? Estrella, como a la primera que tuvo. Desde lo alto del cerro contempl? el valle, el poblado descansaba en un remanso del r?o... No pudo despedirse de la joven india, sin duda, aquel hubiera sido un buen lugar para vivir.
  Todav?a cabalg? las orillas de las selvas que se adentraban al interior y, hacia el sur, descendi? los r?pidos alternando canoa y montura. El horizonte de polvo le confirm? que ya andaba cerca de las ciudades. Le hablaron de las minas que daban oro, de la riqueza que brotaba virgen de la tierra y, as?, tuvo ocasi?n de cruzar la gran llanura des?rtica por los tortuosos caminos del ferrocarril. Para alcanzar el altiplano, no obstante, a?n quedaba algo m?s que un largo trecho.
  ...El Monta??s se recost? en el asiento del vag?n, el sombrero le ca?a en el rostro, casi le cubr?a el ment?n. En el hueco de su antebrazo, el fusil. Y con las manos entrelazadas sobre el pecho tarare? una tonada... S?, era la primera vez que se o?a a s? mismo en mucho tiempo.

Luis Tamargo.

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